Mi Universar

sábado, 23 de enero de 2016

Nuestra infancia


Tardes de siesta de andar vagando
por las esquinas y los cordones
seguir el curso del agua turbia
que arrastra tierra por los zanjones.

De andar buscando pequeñas piezas
formas extrañas chapas tablones
plásticos raros cartones bolsas
tornillos tuercas gordos bulones.

De ir acopiando maderas grandes
lonas y hules y viejos trapos
y alzar la casa en lo alto del árbol
que da ciruelas en el verano.

De hallar la horqueta que todos quieren
y pinta justo para la hondera
el mimbre largo o el plumerillo
que hará de látigo o caña de pesca.

El mármol blanco hecho pedazos
cinco guijarros muy bien pulidos
para el dinenti o la payana
que disfrutamos siendo chiquillos.

La caña larga cortada en cuatro
engrudo hilo y una tijera
papel liviano y bien colorido
trapo bien largo para el cometa.

Andar guiando por las veredas
con un alambre largo y doblado
aquella rueda de bicicleta
que no tenía ni un solo rayo.

Aquel carrito con rulemanes
que era empujado por la calzada
tracción a sangre de los amigos
que disfrutaban a carcajadas.

Juegos caseros de mucho ingenio
pocos recursos y escasa monta
muy divertidos y placenteros
en los recuerdos quedó su impronta.

Olor a tarde en patios baldeados
paredes largas baldosas rotas 
jardines amplios y bien cuidados
geranios grandes macetas rojas.

Ir por la vida sin más apuro
que el de aguardar la próxima siesta
cuando en las casas de nuestro barrio
la gente duerme o se despereza.

Andar de novio con la aventura
que en cada tarde tiene su dueño
inolvidable girón del tiempo
fue nuestra infancia sin un apremio.

Ruben Edgardo Sánchez, 15 de abril de 1994